El contrato no es tu amo: la esclavitud mental del profesional moderno

0
Compártelo

Sin anestesia

Por: Cristian Londoño, Contador público, magister en finanzas, líder del movimiento Cívico, social y político Sabaneta coherente.

 

¿Cómo debe estar de baja la autoestima de una persona que, siendo profesional, teniendo salud, juventud y capacidades, cree que si no le renuevan un contrato se muere de hambre?

No estamos hablando de alguien sin herramientas. Estamos hablando de personas formadas, con títulos, con experiencia, con redes, con talento. Y aun así viven aterradas ante la posibilidad de que “no los llamen el próximo año”.

Ese miedo no es casual. Es funcional.
El sistema necesita personas que crean que su sustento depende exclusivamente de la voluntad de un político, de un jefe o de un contratista. Necesita profesionales agradecidos por lo que en realidad es una relación laboral temporal. Necesita gente que confunda oportunidad con salvación.
Y así los han ido moldeando.

Años escuchando que “afuera está muy duro”.
Años viendo cómo al que habla lo sacan.
Años aprendiendo que la estabilidad depende del silencio.
El resultado es una generación de profesionales que no defienden principios por miedo a perder un contrato. Que justifican lo injustificable para “no meterse en problemas”. Que prefieren callar ante la irregularidad porque la cuota del carro y el crédito del apartamento pesan más que la dignidad.
No es pobreza material. Es pobreza de carácter.
Un contrato no es una limosna. Es un acuerdo entre partes. El profesional aporta conocimiento y trabajo; la entidad paga por un servicio. Punto. No hay deuda moral eterna. No hay obligación de aplaudir. No hay deber de callar ante lo incorrecto.
Pero cuando alguien siente que sin ese contrato se derrumba su mundo, el problema no es económico: es mental.
El sistema los quiere sumisos.
Callados.
Serviles.
Agradecidos.

Quiere que crean que su estilo de vida depende de la obediencia. Que la lealtad no sea a la verdad sino al pagador. Que el miedo sea más fuerte que la convicción.

Y lo más triste es que muchos terminan defendiendo ese modelo. Se convierten en vigilantes del silencio ajeno. Critican al que habla. Señalan al que cuestiona. Se burlan del que decide no arrodillarse.
Porque cuando alguien rompe la cadena, deja en evidencia que sí se podía vivir sin ella.
La verdadera libertad profesional no está en tener contrato indefinido ni en renovar cada diciembre. Está en saber que tu valor no depende de una firma. Está en tener la tranquilidad de que, si se cierra una puerta, tienes la capacidad de abrir otra. Está en entender que el trabajo dignifica, pero la dignidad no depende del trabajo.

Colombia necesita profesionales libres, no empleados asustados.
Necesita carácter más que currículums.
Necesita gente que pueda decir “no” sin temblar.
Porque el día que un profesional crea que sin un contrato se muere de hambre, ese día dejó de ser profesional para convertirse en rehén.
Y un pueblo lleno de rehenes jamás será verdaderamente libre. 🇨🇴


Compártelo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *