Sin anestesia
Por: Cristian Londoño, Contador público, magister en finanzas, líder del movimiento Cívico, social y político Sabaneta coherente.
En Colombia se estima que una campaña competitiva al Senado puede costar varios miles de millones de pesos. Aunque los topes legales los fija el Consejo Nacional Electoral, en la práctica vemos campañas con despliegues publicitarios masivos: vallas en cada municipio, pauta en radio y redes, eventos multitudinarios, logística permanente.
Ahora hagamos cuentas simples.
Un senador de la República gana aproximadamente lo que devenga un congresista en el Congreso de la República de Colombia: un salario mensual cercano a los 40 millones de pesos (entre salario base y asignaciones), más primas y prestaciones. En cuatro años, eso puede representar alrededor de 2.000 millones de pesos en ingresos brutos.
Entonces surge la pregunta incómoda:
Si alguien invierte 4.000, 6.000 o hasta 10.000 millones en campaña…
¿Lo hace por vocación de servicio?
¿O porque espera recuperar la inversión con creces?
No estoy afirmando nada ilegal. Estoy invitando a pensar.
En cualquier actividad económica, cuando alguien invierte el doble de lo que va a recibir legalmente, espera retorno. Y en política, ese “retorno” muchas veces no aparece en el salario. Aparece en burocracia, contratos, influencia, favores, cuotas, poder.
Las campañas no se pagan solas.
La publicidad excesiva no es gratuita.
Las estructuras gigantes no funcionan por amor al arte.
Y aquí es donde el ciudadano libre tiene una responsabilidad enorme.
Si normalizamos que solo gana quien más pauta tiene, quien más vallas pone, quien más eventos financia, estamos enviando un mensaje claro: en Colombia no gana el mejor, gana el que más plata tiene o el que más respaldo económico consigue.
¿Y qué efecto produce eso?
Desincentiva a personas capaces pero sin grandes recursos.
Consolida maquinarias.
Aumenta el riesgo de que la política se convierta en negocio.
Nos deja atrapados en el mismo círculo.
Ahora imaginemos el escenario contrario.
Que candidatos con campañas sobrias, austeras y coherentes empiecen a ganar.
Que el exceso de publicidad deje de ser sinónimo de éxito electoral.
Que la ciudadanía castigue el despilfarro y premie la coherencia.
Eso cambiaría las reglas del juego.
Si quienes invierten fortunas no llegan, el incentivo cambia. La próxima vez pensarán dos veces antes de gastar de manera desproporcionada. Y más ciudadanos valiosos se animarán a participar.
Pero si siguen ganando los mismos, con las mismas prácticas, financiados de la misma forma… no esperemos resultados distintos.
La política no es gratis.
Pero tampoco debería ser un negocio.
El voto libre es la herramienta más poderosa para romper esa lógica.
El ciudadano que no depende de contratos, que no espera favores y que no vende su conciencia, puede cambiar el rumbo.
La pregunta no es cuánto gastan.
La pregunta es: ¿qué esperan recibir a cambio?
Y la respuesta, si no reflexionamos y tomamos acción, la seguiremos pagando todos con nuestros impuestos, obras inconclusas, huecos en las vías, sobrecostos, derroche y corrupción.