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EL COLOR DEL PENSAMIENTO

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Por: LUCERO MARTÍNEZ KASAB. Psicóloga, Magister en filosofía.

Amé la filosofía desde pequeña sin saberlo. Me enteré ya de adulta cuando recordaba mi vida al lado de mi padre llenándolo de preguntas que él me contestaba tan generosamente como en todas sus acciones. Con él en cine en medio de la oscuridad de las películas le preguntaba: Y, ¿quién va a cuidar a Bambi ahora que su mamá ha muerto? ¿Por qué Mesala traicionó a Ben-Hur? ¿Por qué esa mirada vidriosa del doctor Zhivago? Y, durante las idas al mar o, a comernos el helado de cono todas las tardes o, cuando caminábamos por el boulevard cerca de la iglesia del barrio El Prado en Barranquilla le preguntaba algo así, ¿qué pasará cuando haya demasiada gente en la Tierra?
Entonces, el profesor dijo: la filosofía nació con la primera pregunta del ser humano. Y fui feliz porque supe que la había empezado a amar por él, por mi sabio padre porque, me permitió siempre preguntar y jamás me defraudó con sus respuestas. Y, así, los niños son filósofos, pero los adultos les vamos taponando el pensamiento crítico. La filosofía me ha permitido comprender que lo esencial escapa a los ojos, que la ética es más importante que la técnica, que primero es el sentimiento y después el pensamiento, que no hay un solo acontecer humano que no sea dialéctico y que cuando esto se niega, se cae en un absolutismo peligroso.

Un concepto maravilloso que enseña la filosofía es que la revolución es la modificación de las circunstancias por la actividad humana, lo enseñó un filósofo que el capitalismo no ha podido quitarse de encima, Karl Marx, quien consagró su vida y la de su familia a resolver un acertijo que hiciera feliz a la mayor cantidad de personas: ¿por qué el pobre es pobre si es el que crea la riqueza de la nada? Hoy, a doscientos cincuenta años de su nacimiento les dice a todos los pobres del mundo que cambiemos las circunstancias que nos hacen infelices, sobre todo las económicas de donde se deriva el sustento para la vida.

Nos enseña también la filosofía a través del más grande filósofo vivo, Enrique Dussel, latinoamericano, a seguirle la huella a los pensamientos que formaron este mundo. Él se atrevió a revisar la periodización que hicieron los alemanes de la historia en Edad Antigua, Edad Media y Moderna para denunciar que ahí no aparece América Latina y repasó toda la filosofía de la humanidad desde el código ético de Hammurabi, rey de Babilonia, Platón, Aristóteles, San Agustín, Descartes, Kant, Hegel, Marx, Heidegger, Nietzsche, Habermas…, para alertarnos a todos los pueblos oprimidos del mundo que esta sociedad occidental que hoy vivimos es el resultado del razonamiento de los europeos, de los blancos; que creídos el centro de la sabiduría mundial impusieron a las colonias una visión del ser humano según el interés de una oligarquía.

Un círculo de pensadores europeos que decretaron el egoísmo y la codicia de ellos como esenciales en la especie humana, invalidando la natural tendencia a la unión entre nosotros mismos. Así, convirtieron a la humanidad en adoradora del mercado, del lujo, del dinero, dioses de la Tierra, negando los dioses del Cielo, porque, además, decretaron que las creencias religiosas eran obsoletas. Qué bajo concepto, con muy pocas excepciones, ha tenido el pensamiento europeo del ser humano.

Pasados los siglos África trae al mundo un poeta, político y pensador que se enfrenta al pensamiento blanco, Leopold Sedar Senghor, para decir que el negro-africano no intelectualiza el mundo, sino que lo siente; que es a través de los sentidos como descubren al Otro y, si René Descartes decía ¨pienso, luego existo¨, una forma distante y fría de relacionarse con el mundo, el africano negro dice ¨ danzo, luego existo¨ que es una manera de conocimiento desde la sensibilidad creativa.

América Latina a través del pensamiento indígena desde el corazón de los pueblos ancestrales nacidos allá en las cumbres de los Andes, en El Alto, en Bolivia, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, tal vez por estar tan cerca de las estrellas nos enseña la actitud mística ante la vida, el respeto por los ancestros y la relación sujeto-sujeto con la Naturaleza –igual que los africanos-, con la Pachamama; una relación sagrada, sagrada porque es respeto profundo como el que le tienen a la madre que los parió. La relación con la Naturaleza es en términos familiares porque cuando se muere se retorna al vientre de la madre; nada es objeto todo es sujeto. Le debemos a dos filósofos bolivianos, hermanos, Juan José y Rafael Bautista Segales que hoy nos piensen con el color cobrizo de Amerindia. La filosofía del futuro y la salvación de la humanidad está en los pueblos periféricos no en las universidades de Harvard ni Yale ni en Oxford.

La dominación como forma de pensar de los ricos del mundo condenó al humano a trabajar para ellos, están destruyendo la primavera, secando las fuentes de la felicidad, anulando los lazos afectivos para después inventar la psicología de la superación personal que termina de darle la estocada final a la unión del humano con el cosmos: naciste solo, morirás solo, no ames a nadie, no esperes nada de nadie…, la soledad es el destino como el culmen de la civilización. Y, aquel humano palpitante que no puede poner en práctica la ley del destierro emocional es mirado con menosprecio, declarado obsoleto porque sufre y llora la frialdad de los días, porque se resiste a ser autómata o un objeto que después de utilizado quedará vacío y desechable. Ese ser es el que salvará a la humanidad moderna de sí misma.

Contra todo lo anterior se revela el pensamiento negro-africano y el amerindio proponiéndole a Occidente, a la humanidad entera la libertad de sentir, de dejar el dualismo mente-cuerpo porque somos una unidad con el sentimiento y el pensamiento entreverados. Jamás he visto una filosofía de vida tan sencilla y estéticamente dicha como en aquella película que me llevó a ver mi padre un domingo en la mañana encarnada en el baile de Zorba, el griego, un hombre sin afeitar que quitándose el saco y arremangándose la camisa invita a bailar bajo el sol y sobre las arenas del mar a otro que desconocía esa felicidad. Nunca he visto el rostro de un hombre más feliz que el moreno de bella sonrisa de Anthony Quinn bailando unido a otro en la propia cuna del pensamiento blanco.

luceromartinezkasab@hotmail.com

 

 

 


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