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JOB Y LA IMPORTANCIA DEL VOTO

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POR: LUCERO MARTÍNEZ KASAB

La Biblia entendida más allá de su carácter religioso milenario es una creación literaria secular que, al ser leída con abstracción, permite analizarla desde diferentes campos del conocimiento, dentro de los cuales está el mítico que hace referencia a una lectura simbólica que explica aspectos de la vida, de la existencia, de la muerte que el humano no encuentra en la ciencia.

Este hermoso texto cargado de metáforas con sugestivas narraciones cumple, entre otras, la misión de aclarar confusiones humanas en la intimidad de una alcoba o en recintos amplios de convergencia social. Permite también seguirle el rastro a aquellos conceptos que fueron construyendo en la humanidad nociones éticas en lo interpersonal, social o político como la justicia, el pecado, el sacrificio, la salvación, la pobreza, la riqueza.

Dentro de sus historias está la de Job, un hombre justo, cuya seguridad en sí mismo fue sometida a prueba por una fuerza superior como le suele suceder a los individuos de altas calidades humanas. Era un hombre que gozaba de riqueza, abundancia y felicidad hasta que un día Dios le permite a Satanás ponerlo a prueba para demostrarle a éste que la condición bondadosa de Job no dependía de las muchas bendiciones que le había concedido. Así, Job, pierde su salud, riqueza, a sus hijos y, a su esposa. Tres amigos del buen hombre lamentan todo lo que le ha sucedido no encontrando otra explicación a tanto sufrimiento que a malas conductas de Job porque, argumentaron, Dios castigaba a la gente mala y no a la buena. Job desprecia esta interpretación de sus amigos porque sabe que, aun cuando no entiende por qué le han sucedido tantas desgracias, él ha sido un hombre bueno y confía en el amor de Dios. Al final Dios lo recompensa por creer en Él y en sí mismo.

Tan nocivo para la vida de un ser humano es no aceptar los errores para corregirlos como el aceptar una condición injusta porque se cree merecedor de un castigo, aun cuando no haya razones para ello; Job, se mantiene seguro de cómo ha sido sin perder la fe.

Es la misma fe que pierden los pueblos tras largas épocas de desmoralización a manos de personas impulsadas por la ambición de dinero y poder político, que someten a la gente a una rutina diaria aniquilante. Pueblo que no se percata que hay circunstancias políticas que lo tiene sumido en la miseria de las deudas impagables, en las comidas cada vez menos nutritivas, en la inseguridad de una casa que nunca será propia, en un sueldo que jamás sube y, en la soledad creer que se es pobre porque no se hizo el esfuerzo suficiente o porque no se posee la inteligencia necesaria para mejores desempeños. La gente se siente culpable. De esta manera convalidan sistemas políticos injustos donde unos viven la vida con mayor felicidad que otros.

El pueblo colombiano, ese bloque social de los oprimidos, que a más de doscientos años de contar con un sistema democrático que tiene en el voto la opción de cambiar un destino triste no se ha enterado que, al no acudir honestamente a las urnas el día de las votaciones está asumiendo la culpabilidad de su pobreza de la mano del concepto de pecado que nos legó la Colonia a través del catolicismo con su cultura del bien y el mal religioso; lo que el sistema imperante jamás aclarará porque de ese equívoco deriva su felicidad.

Sería de gran beneficio que los líderes de la disidencia política a través de su discurso aclararan los conceptos éticos derivados de la religión que las comunidades mal interpretan en relación con la vida feliz y la vida triste, para liberarlos de la idea de aspirar a una felicidad en el más allá a cambio de sufrimientos en el más acá de este mundo terrenal. Mostrarles que la bondad es todo lo que afirma la vida humana, la de los animales, la de la naturaleza y, que la maldad es lo que produce muerte.

Legislar para que el voto sea obligatorio, así, se vuelve tema de conversación entre la familia, los vecinos, los compañeros de oficina, entre los obreros, los campesinos, las cajeras de un supermercado, es decir, se pone sobre la mesa un recurso invaluable que ha sido despreciado como la vía para lograr la transformación de una nación. Es imposible el avance de una manera individual, como nos quiere imponer el capitalismo; es la comunidad unida la que puede conseguir cambios profundos. La obligatoriedad del voto sería un elemento aglutinante, por lo menos en las sociedades democráticas donde existen varios partidos como opciones y la libertad de escogencia, no como en Corea del Norte donde solo hay un partido o en Cuba, aquí, cerca de nosotros.

Depositar un voto por un candidato es ejercer un dominio sobre las circunstancias que nos agobian, es hacer parte del Estado. Ha sido un error que el ciudadano se haya apartado de esta parte esencial de la democracia porque es aceptar un destino trágico, el que Job no admite por parte de sus amigos; él, es la encarnación de una auto crítica sana. El ejercicio del voto para hacer parte del Estado es la demostración de una racionalidad que piensa en lo común y no en lo individual con la esperanza de una vida mejor.


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