La política de los masmelos
Sin anestesia
Por: Cristian Londoño, Contador público, magister en finanzas, líder del movimiento Cívico, social y político Sabaneta coherente.
Hay jóvenes con talento, criterio, formación y carácter suficiente para abrirse su propio camino en la política. Jóvenes que podrían incomodar al poder, hacer preguntas difíciles y construir algo nuevo.
Pero muchos deciden no hacerlo.
Prefieren el camino fácil: ponerse a la sombra de políticos cuestionables, incluso de malos políticos, con tal de asegurar un puesto, un contrato o una promesa. Renuncian temprano a su voz, a su criterio y, lo más grave, a su libertad.
Esto me recuerda a un experimento famoso. A varios niños se les deja un masmelo sobre la mesa y se les dice: si no te lo comes mientras estoy fuera, cuando vuelva te daré más. Algunos no aguantan y se lo comen de inmediato. Otros esperan. Años después, los que supieron posponer la gratificación lograron mejores resultados en distintos ámbitos de su vida.
En política pasa exactamente lo mismo.
Hay jóvenes que, ante el primer “masmelo” un contrato, un cargo, una palmadita en la espalda dicen que sí. Aunque ese sí implique callar, justificar lo injustificable y defender lo que en el fondo saben que está mal. A partir de ahí dejan de opinar, dejan de criticar y se vuelven expertos en explicar por qué el político que los alimenta no es tan malo.
Ese primer masmelo no es gratis. Se paga caro.
Se paga con silencio.
Se paga con sumisión.
Se paga cargando cruces ajenas toda la vida.
Luego viene la manipulación: una falsa gratitud, una lealtad forzada, la idea de que “te dieron la oportunidad” y por eso debes obediencia eterna. Así nacen los esclavos políticos: personas que participan no por convicción, sino por necesidad.
Y la política hecha desde la necesidad nunca es libre.
La política real, la que transforma, requiere hombres y mujeres libres. Libres para decir no. Libres para incomodar. Libres para perder hoy y ganar mañana.
Porque al final, como en la vida, en política también se cumple una regla sencilla:
lo que abunda se desprecia,
y lo que escasea se valora.
Sobran los que se venden barato.
Escasean los que saben esperar.
Y tú, ¿qué camino eliges?