Sin anestesia
Por: Cristian Londoño, Contador público, magister en finanzas, líder del movimiento Cívico, social y político Sabaneta coherente.
Hay un dilema que quienes denunciamos sin anestesia conocemos bien, y que en época electoral se vuelve más crudo.
Durante tres años y medio nos buscan.
Nos llaman.
Nos escriben.
“Cristian, ayúdenos.”
“Vea lo que está pasando en el barrio.”
“Eso es una injusticia.”
“Ese contrato está mal hecho.”
“Ese muro se va a caer.”
Y ahí estamos. Acompañamos a la comunidad. Elevamos derechos de petición. Hacemos visibles las denuncias. En algunos casos se soluciona el problema. En otros, al menos logramos dejar en evidencia la negligencia. Y la gente siente algo fundamental: que no está sola.
Pero llega el año electoral… y algo cambia.
El mismo ciudadano que durante tres años se quejó del político de turno, termina pegando el afiche del verdugo en la ventana. El mismo que denunciaba el abandono, aparece en la foto del evento. El mismo que hablaba de corrupción, ahora la justifica y defiende al candidato.
¿Por qué?
Miedo.
Interés.
Necesidad.
Y ahí está el nudo del problema.
Muchos malos políticos lo saben perfectamente. Desaparecen tres años y medio. No responden. No escuchan. No gestionan. Pero seis meses antes de elecciones reaparecen con tamales, fiestas, útiles escolares, paseos, uniformes deportivos, bultos de cemento lechona, nuevas promesas o algunas recicladas.
Y vuelven a ganar.
No porque hayan transformado el municipio.
No porque hayan demostrado resultados.
Sino porque entendieron que la memoria colectiva es frágil y la “necesidad” aprieta.
Entonces uno se pregunta: ¿será imposible romper este ciclo?
¿Estamos condenados a repetirlo cada cuatro años?
¿Es esto masoquismo político?
Tal vez no sea masoquismo. Tal vez sea algo más profundo: dependencia aprendida.
Cuando el Estado se convierte en el repartidor de favores y no en el garante de derechos y deberes, el ciudadano deja de exigir institucionalidad y empieza a agradecer migajas. Y cuando la política se convierte en mercado, el voto deja de ser conciencia y se vuelve transacción.
Pero también hay otra verdad incómoda: Hacer lo correcto exige carácter.
Exige que el ciudadano que denuncia durante tres años tenga la coherencia de sostener esa denuncia en las urnas. Exige entender que el tamal dura una tarde, pero la mala administración dura cuatro años. Exige comprender que cada voto mal usado termina afectando a los mismos que luego vuelven a quejarse.
Romper el ciclo sí es posible. Pero no empieza en las urnas. Empieza en la conciencia.
Empieza cuando dejamos de votar por miedo.
Cuando dejamos de vender el futuro por una necesidad inmediata.
Cuando entendemos que la dignidad no se intercambia por cemento ni por lechona.
La pregunta no es si los políticos van a seguir intentando comprar elecciones. Claro que lo van a hacer.
La pregunta es: ¿vamos a seguir vendiéndolas?
Mientras la respuesta sea sí, el ciclo continuará.
Cuando la respuesta sea no, empezará la verdadera transformación.
Sin anestesia: el problema no es solo el político que compra.
Es también el ciudadano que se vende o se deja comprar por la razón que sea…