Cruzadas lingüísticas del narcisismo identitario

0
FOTO 1 CLAUDIA ESCOBAR GARCÍA
Compártelo

Por: Claudia Escobar García (*)

 

La lucha encarnizada que se ha generado en las últimas semanas por el uso institucional del vocablo “niñez” en el ICBF, en lugar de la fórmula dominante “niñas y niños”, ha hecho aflorar el talante, las premisas conceptuales y las apuestas de las olas progresistas de los últimos tiempos. Estas proponen, en general, visiones reduccionistas y maniqueas de la realidad e, incluso, del mismo sistema lingüístico.

En esencia, se argumenta que a través del lenguaje se construye la realidad y la percepción del mundo, y que el uso de sustantivos genéricos que no visibilizan la realidad femenina, termina por ignorar a las mujeres en general, y en este caso a las niñas, así como la situación de desventaja, opresión, discriminación y violencia a la que han estado sometidas, lo que deviene en un déficit de protección hacia este grupo.

Se trataría, en últimas, de otro acto de misoginia, exclusión y agresión, que reproduce los imaginarios de una sociedad patriarcal, concebida y diseñada a la medida de las necesidades masculinas.

En estos términos, se revive un dilema de vieja data en el mundo que, al trasladarse tardíamente a nuestro país, ha hecho aflorar los presupuestos teóricos, las actitudes, las etiquetas, las preocupaciones y los objetivos del progresismo.

Existen al menos tres aristas problemáticas.

El desdoblamiento lingüístico y los límites del lenguaje

Primero. El planteamiento anterior denota una comprensión inadecuada del sistema lingüístico.

Nadie niega que el lenguaje constituye una poderosa herramienta en la vida social, que las palabras pueden reflejar y alimentar prejuicios, y que, incluso, cambios semánticos pueden no sólo expresar, sino también inducir transformaciones sociales y culturales.

Sin embargo, las dinámicas lingüísticas son bastante más complejas de lo que suponen los críticos de la nueva directriz terminológica del ICBF.

Designar expresamente a las niñas como una agrupación diferenciada de los infantes del género masculino no conlleva una mejor comprensión de su realidad específica, ni una mayor sensibilidad hacia ellas, ni tampoco un avance en el reconocimiento o protección de sus derechos.

Por el contrario, con frecuencia la etiqueta “niñas y niños” funciona como una fórmula sacramental, políticamente correcta, pero carente de significado, contenido y efectos.

Y, como todo lo políticamente correcto, se trata más de una terminología impuesta unilateralmente, que de una fórmula acogida de forma espontánea y progresiva por el conglomerado social, que poco a poco se convierte en una práctica lingüística consolidada.

En general, redes de académicos, jueces y activistas han venido invocando su superioridad intelectual y moral para remendar nuestra pobre y desacertada cosmovisión y, sobre todo, la infortunada semántica de la que aquella es reflejo.

Intimidadas y avergonzadas, las personas ceden y hacen los ajustes léxicos exigidos, pero no porque comprendan el sentido del reclamo, sino sobre todo para apaciguar la furia woke.

Se ignora que los usos lingüísticos se alcanzan de manera paulatina, gradual e imperceptible. También se desconoce que estos se construyen de “abajo hacia arriba”, y que, por tanto, estos son generados por los mismos interlocutores y usuarios del lenguaje, no por las “autoridades”, que únicamente identifican, reconocen y bautizan estas prácticas, pero no las decretan.

Pocas veces, además, el uso de eufemismos como “persona en situación de discapacidad”, “edad dorada”, “persona en situación de calle” o “dama de compañía” logran eliminar el tabú inherente a las realidades designadas por dichas palabras. Como todo eufemismo, carece de la potencialidad de transformar los imaginarios sociales o las concepciones dominantes, o de eliminar la connotación peyorativa de las palabras. Sólo encubre miedos y prejuicios.

De esta manera, la idea de que la protección a las niñas del país debe pasar por apelar al desdoblamiento de género, es una fantasía que parte de un entendimiento manifiestamente equivocado del sistema lingüístico.

El género como eje de la conversación

Segundo. La crítica al uso genérico del sustantivo masculino también refleja una visión superficial y simplista sobre el rol y la relevancia de la diferenciación entre hombres y mujeres.

Se exige hablar de “niñas y niños” para visibilizar lo que serían las particularidades de un grupo de especial interés, las niñas.

Pero, entre los mismos infantes hay otras diferenciaciones relevantes respecto de las cuales no se exige el desdoblamiento lingüístico. Unos viven en la ciudad y otros en el campo.

Unos van a las escuelas, otros estudian de manera virtual, y otros se encuentran desescolarizados. Algunos tienen alguna discapacidad o alguna patología, y otros no.

Hay niños aficionados al futbol, otros a la guitarra y otros a los videojuegos. Hay niños apasionados por las estrellas y otros por los colibríes. Unos son altos, otros no. Cada una de estas diferenciaciones es relevante en algunos contextos, pero no en todos.

No obstante, la pauta lingüística es que la diferenciación debe hacerse siempre, en todo contexto y escenario, en función del género. Entre el femenino y el masculino. Entre mujeres y hombres. Entre niñas y niños. Ellas y ellos.

Porque al final lo que importa no es la niñez ni los infantes, ni los niños ni las niñas, sino que se hable, una vez más, del género y, sobre todo, de lo femenino, de las mujeres, y de su largo historial de sufrimiento, desventaja, discriminación y explotación.

Así que, en realidad, para quienes reclaman con vehemencia el desdoblamiento lingüístico, ni la infancia ni las niñas son relevantes por sí mismas, sino en tanto que sirva de pretexto y excusa para que el denominado “enfoque de género” sea el eje de la conversación.

En Estados Unidos el tema de discusión no son las vidas perdidas de los hijos de Lindsay Clancy, sino el sistema perverso e insensible que ignoró las necesidades de una madre. En España, la ministra de sanidad sostiene con ímpetu e indignación que el dolor fetal no puede ser tema de debate, sino únicamente las condiciones para que las mujeres puedan abortar sin culpas y sin remordimientos.

En las comisarías y defensorías de familia las controversias sobre la custodia de los hijos se enfocan en la situación, los deseos y expectativas de las madres, no en las necesidades de los niños, a través de lo que elegantemente se denomina “enfoque diferencial con perspectiva de género”.

Se considera un gran avance que ahora el primer apellido de las personas pueda ser el de sus madres y no el de sus padres, porque así se hace más visible el rol de la maternidad, al parecer tan opacado a lo largo de la historia.

De esta manera, la exigencia de diferenciación lingüística es consecuente con la obsesión colectiva por el género, así como con la aguda e intensa necesidad de hablar una y otra vez de las mujeres, y de encontrar cualquier resquicio de realidad para convertirlo en un problema de género.

Es la categoría omnipresente que debe dominar el lenguaje, los debates y la agenda pública. Nada de esto es casual: las definiciones en la vida económica, política y social se encuentran determinadas por aquellas categorías que lingüísticamente se han vuelto dominantes.

Pero no se trata sólo de diferenciar entre hombres y mujeres y de destacar la realidad femenina. Se trata de mostrar que aquellas se encuentran siempre en una posición de desventaja, en una sociedad heteropatriarcal caracterizada por una larga historia de dominación en su contra, que sólo hasta ahora comienza a exponerse y denunciarse.

Se trata de subrayar las asimetrías en razón del género, la vulnerabilidad de las mujeres, y su condición de víctimas. Quizás porque todo esto es la puerta de acceso al tratamiento especial y diferenciado, a las cuotas y a los subsidios.

Pero lo que se afirma con tanta verticalidad y radicalismo en el discurso, tiende a desvanecerse en la vida real. Los juegos de poder suelen responder a unas dinámicas bastante más complejas y menos lineales. Y esto incluye las relaciones entre los géneros.

Pocas veces puede hablarse de jerarquías definitivamente establecidas entre hombres y mujeres.

No parece muy verosímil el relato sobre el largo historial de opresión y discriminación en el que estas últimas habrían permanecido indefensas, pasivas y estáticas frente a la agresión y el dominio masculino a lo largo de tantos siglos.

Parece más bien que el poder se ejerce de distintas maneras, a veces incluso de manera velada, y que hombres y mujeres han jugado con diferentes armas, no que estas últimas hayan estado desprovistas de toda capacidad de mando y reacción.

La maternidad, por ejemplo, históricamente ha sido fuente de cargas, responsabilidades y ataduras para la mujer. Pero, sin duda, también ha funcionado como fuente de poder y control, a través de figuras como la custodia exclusiva de los hijos, las cuotas alimentarias en favor de estos últimos, o la estabilidad laboral reforzada. De hecho, asumir el rol de víctima es, de por sí, una forma de ejercer y acumular dominio.

Además, las mujeres también somos desiguales entre nosotras mismas. Unas son más víctimas que otras. Unas más privilegiadas que otras.

Curiosamente, quienes reproducen con más indignación y sollozos el libreto de la discriminación, la opresión y la violencia, son aquellas que menos la han sufrido, pero quienes mejor capitalizan el sufrimiento de sus pares femeninas.

Las palabras como cruzada moral

Tercero. El inusitado interés y apasionamiento por los debates terminológicos se explica, no por la relevancia intrínseca de las cuestiones lingüísticas, sino porque a estas se les asigna una connotación y una relevancia ética, política y moral.

Los eventuales yerros en la designación de los infantes no son vistos como meros errores semánticos o gramaticales. Son, ante todo, fallas de orden moral, relacionadas con el bien y el mal.

No hacer una mención expresa de las niñas es visto como un acto de injusticia, de violencia, de discriminación o de denegación de derechos, no simplemente como un yerro lingüístico.

Porque no se debate sobre alternativas léxicas, sino sobre opciones morales y modelos de sociedad. Dudar o disentir del sistema de dogmas sobre el género se parece más a un pecado que a una apuesta dentro del proceso de conocimiento.

Porque para el progresismo las aproximaciones descriptivas y explicativas de la realidad no son relevantes, o al menos están supeditadas a los juicios valorativos. El interés por comprender y explicar el mundo que nos rodea queda eclipsado por el interés en juzgar, calificar y evaluar esa misma realidad.

El tono moralista y el ánimo justiciero y reivindicatorio de la conversación y el debate público se extiende a todos y cada uno de los asuntos. Ya no queremos observar, entender o describir, sino sentenciar, juzgar y señalar.

De este modo, imponer la locución “niñas y niños” en lugar de “niños” hace parte de una gran e importantísima cruzada moral en favor de las mujeres, incluyendo las niñas. Se purifica el lenguaje para purificar el mundo. Para liberarlo de la opresión, la violencia y la discriminación.

La apuesta léxica del ICBF era ya complaciente, pues, para evitar el horrible y vergonzoso sustantivo masculino “niños”, se optó por el adjetivo aparentemente neutro de “niñez”. Se prefirió la imprecisión lingüística a la furia progresista.

Lo anterior fue insuficiente porque la indignación colectiva afloró una vez más. Esta no necesita de ninguna agresión, violencia o crimen documentable para activarse. Basta una palabra. O basta con dejar de pronunciarla.

 

(*) Estudió Derecho y Filosofía y una maestría en Derecho Constitucional; ex magistrada auxiliar de la Corte Constitucional por 10 años; interesada en temáticas nacionales e internacionales relacionadas con justicia y derechos humanos, con enfoque crítico, analítico e investigativo.


Compártelo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *