Energía en tensión: retrasos, clima y demanda presionan el futuro eléctrico del país
Colombia entra en una zona de alerta energética que, aunque no implica un desabastecimiento inmediato, sí anticipa tensiones crecientes en la capacidad del sistema para responder a la demanda en los próximos años. Un análisis reciente del operador del sistema, XM, advierte que el país enfrenta un desbalance estructural entre la energía firme disponible —la que garantiza suministro continuo— y las necesidades proyectadas, una brecha que comenzaría a hacerse más evidente hacia 2027 y que está marcada por factores técnicos, climáticos y de ejecución de proyectos.
El diagnóstico apunta a un problema de fondo: la expansión del sistema no está avanzando al ritmo que exige el crecimiento de la demanda ni las condiciones de variabilidad climática. Aunque Colombia cuenta con una capacidad instalada cercana a los 22.800 MW, su matriz sigue siendo altamente dependiente de la hidrología. En condiciones normales, las hidroeléctricas pueden cubrir la mayor parte del consumo, pero en escenarios de sequía su aporte cae de forma significativa, exponiendo la fragilidad estructural del sistema frente a fenómenos como El Niño.
A esta vulnerabilidad se suma un rezago persistente en la entrada de nuevos proyectos. Las cifras muestran que las metas de expansión no se están cumpliendo: para 2026 se esperaba una incorporación de más de 4.400 MW, pero a abril solo habían entrado en operación poco más de 290 MW. Este desfase no es un hecho aislado, sino una tendencia que se arrastra desde años anteriores, lo que reduce los márgenes de maniobra del sistema y limita su capacidad de respuesta ante escenarios críticos.
El frente climático agrava aún más el panorama. Las proyecciones del IDEAM apuntan a la posible llegada de un fenómeno de El Niño con probabilidades superiores al 50% de ser fuerte o muy fuerte en el segundo semestre del año. En estos escenarios, los aportes hídricos disminuyen y los embalses enfrentan una presión significativa, lo que obliga a anticipar niveles superiores al 80% antes del verano para garantizar la demanda. Sin embargo, los niveles actuales —alrededor del 62,8%— estarían por debajo de ese umbral, aumentando el riesgo operativo.
Ante este contexto, el sistema dependerá de manera intensiva de la generación térmica, que históricamente ha funcionado como respaldo en momentos de estrés hídrico. El análisis advierte que, en escenarios críticos, estas plantas tendrían que operar a niveles no observados previamente, sosteniendo cargas elevadas durante varias semanas. Esto implica una mayor dependencia de combustibles como gas, carbón y líquidos, y refuerza el papel de las térmicas como columna vertebral de la confiabilidad energética en el país.
Más allá de un evento coyuntural, el informe plantea un llamado a la coordinación urgente entre los sectores de energía y combustibles, así como a la adopción de medidas anticipadas que permitan mitigar riesgos. Entre ellas se destacan la aceleración de proyectos, la garantía de abastecimiento de combustibles, la gestión de la demanda y la revisión de marcos regulatorios para escenarios de escasez.
El mensaje de fondo es claro: Colombia no enfrenta hoy un apagón, pero sí una reducción progresiva en sus márgenes de seguridad. En un sistema altamente dependiente del clima, con retrasos estructurales en su expansión y bajo presión de la demanda, la combinación de factores podría traducirse en restricciones operativas si no se toman decisiones a tiempo.