GUSTAVO PETRO Y FRANCIA MÁRQUEZ, UNA TRANSFORMACIÓN EN LA EXISTENCIA

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Por: LUCERO MARTÍNEZ KASAB. Magíster en filosofía.

 

Gustavo Petro y Francia Márquez son una de las parejas a la presidencia de Colombia que cualquier país deseoso de avanzar desearía tener, por la misión liberadora que se ha propuesto con el pueblo de Colombia. Ambos vienen de estratos sociales difíciles que pusieron a prueba la enjundia de sus personalidades y, ahí están en el tarjetón de las elecciones del 19 de junio de 2022, sin haberse vendido al sistema; por el contrario, sus heridas los motivaron a colocarse al frente de la política para evitarle al pueblo más sufrimiento.

En cada aparición que han hecho juntos o por separados hay un propósito que recorre sus discursos y sus propuestas que no está a la vista, pero que es esencial: el desmonte de toda una estructura de dominación que le sirve a una élite para vivir a sus anchas mientras el pueblo está en la miseria.

Francia es una mujer que, desde Suárez, su lugar de origen, un municipio del Cauca, al sur occidente de Colombia ha defendido al medio ambiente exponiendo incluso su vida y la de sus hijos porque, supo de la fragilidad de la naturaleza desde niña cuando vio nacer el agua que reverdecía esos parajes únicos de nuestras cordilleras, con sus atardeceres despedidos por los cantos de miles de pajaritos. Desde entonces ella se hizo fuerte para defenderla y conservarla como se hace con la madre que nos da la vida. Y con tesón y sin dinero estudió sin importarle que se le duplicara el tiempo para graduarse, con tal de adquirir el conocimiento que respaldara su experiencia de ser discriminada por su color para defenderse y defender a otros del racismo.

Gustavo nació en un pueblito del departamento de Córdoba con un lindo nombre, Ciénaga de Oro, cuna de aborígenes Caribes que vivían por toda la Costa Atlántica. A pesar del nombre del pueblo, el padre de Gustavo no era un hombre rico, pero junto con su esposa lucharon para darle buena educación a sus hijos. Fue un hogar austero donde se conversaba tranquilamente como todavía se hace en los pueblos de la Costa en la puerta de la casa, tomando fresco en las tardes y saludando a los vecinos. Pasar toda su niñez y hacer sus estudios escolares en la fría Zipaquirá, tal vez influyó en el carácter reservado de Gustavo y, también en esa voluntad de querer arreglar la economía de Colombia donde habiendo tanta riqueza natural se vive en una gran pobreza.

El plan de gobierno de Petro y Francia que días antes de las votaciones es un anhelo nacido desde sus existencias en el borde del sistema social, con las que han precisado criterios de evaluación para la profunda injusticia en Colombia porque la han sufrido, busca a lo largo y ancho zanjar esas inequidades principalmente desde la recuperación de la dignidad de los pobres. Desde devolverles la tierra que les han arrebatado a punta de expropiación armada, otorgarles lo necesario para su cultivo; proteger a la mujer campesina como base del afecto y de la economía; declarar la soberanía alimentaria y del agua por encima de la globalización que se roba para los ricos lo mejor de los países dejándoles miseria; proteger el suelo de Colombia donde vivimos de más explotación minera industrializada y, así, subiendo por la escala socioeconómica darle trabajo a las manufacturas, a los técnicos, a los artistas y creadores de todos los campos.

El programa de Gustavo y Francia está lleno de generosidad y concordia en medio de una Colombia que se la está tragando el neoliberalismo cuando los gobiernos le cedieron a las empresas privadas el manejo de asuntos del Estado encareciendo, por un lado, el costo de la vida y, por otro, echando al olvido su función balanceadora dentro de la sociedad y, la corrupción descarada que se está institucionalizando. De esta manera se propone con los dineros de la nación ayudar a la gente menos favorecida para sacarlas de la marginalidad y salvarnos de esta debacle de principios éticos.

Esta transformación está a punto de ser arrebatada por un sector de Colombia tan extraviado que no piensa en sí ni por sí mismo, tan identificado con el agresor que rechaza la mano amiga y prefiere hundirse con quien lo explota. Tiene tanta necesidad de aborrecer a alguien, de culpar irracionalmente a Otro, tan deseoso de imitar a los dominantes y su nivel de clase rica que termina odiando lo que el agresor odia, así sea la persona que puede liberarlo.

La lucha por estas votaciones es entre dos tipos de subjetividades: una, la que encarnan Gustavo y Francia marcadas por la solidaridad, la complementariedad, la reciprocidad que implica un concepto de vida comunitaria, los principios del verdadero cristianismo y, la otra, la de quienes conciben la vida desde la codicia, la explotación y dominio sobre los demás seres humanos que necesitan de los pobres para que les sostengan sus lujosos niveles de vida; gente que no se preocupa por nadie ni por nada, solo por sus intereses individualistas que nunca tendrán fin, practicantes de la retorcida teología de la prosperidad.

Gustavo y Francia en la presidencia no solo son un cambio político, es una transformación en el concepto que tenemos del ser humano y de la naturaleza para que dejemos de mirarnos desde la superioridad-inferioridad, a cambio de la igualdad que elimina el racismo y todas las demás discriminaciones expandiendo nuestra autoconciencia, para que se ensanchen nuestros corazones hasta tocar los de nuestros prójimos.

Por eso la votación del domingo tiene que ser caudalosa, con una gran fuerza telúrica para contrarrestar esa otra parte de Colombia tan emocionalmente enferma, con una campaña electoral rastrera como no se había visto nunca porque, además de ver que perderán todas las prebendas, saben que les espera una verdadera justicia. Estamos a punto de conseguir esa transformación tan anhelada desde hace más de doscientos años: que todos los colombianos podamos ver el horizonte. Gustavo y Francia nos proponen una trasformación existencial.

luceromartinezkasab@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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