LA LOCURA EN LA PRESIDENCIA DE COLOMBIA

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Por: Lucero Martínez Kasab.  Magíster en filosofía. Psicóloga.

Desde tierna edad empecé a escribir en la intimidad de mi alcoba de techo alto con un ventanal al patio que yo adoraba, el que regresa por las noches a mis sueños para recorrerlo jugando descalza con mis perros. Me figuraba periodista, adoro ese oficio, entonces, lideré un periódico en el colegio al que bauticé El Renacer que, paradójicamente, murió para siempre en la primera tirada porque lo académico, como suele suceder, se llevó por delante lo creativo. También me imaginé abogada por el prestigio que mi abuelastro Luis Carlos Pérez, penalista de reconocimiento internacional, tenía dentro de la familia; sin embargo, deseché esa idea porque supe que sufriría mucho cuando no pudiese salvar a alguien y porque para mí la memorización de los códigos era un imposible. Intrigada por el comportamiento humano me decidí por la psicología y después por la filosofía al comprender que sin ésta cualquier estudio estaría incompleto.

De los cinco años de carrera en psicología solo hubo una materia a la que me dediqué con fervor, las demás las desprecié tanto que hasta tuve que repetir una que otra; en psicopatología, que es el estudio de las enfermedades emocionales, saqué mis mejores notas. No me perdía una sola clase, con las demás tuve que vencer el tedio más desesperante. Por eso retengo en mi memoria casi todo lo leído, lo experimentado y lo escuchado a mis profesores. Hubo uno, el carismático por su inteligencia, suavidad y pedagogía quien dijo una mañana muy temprano: las enfermedades emocionales también tienen sus épocas, si en los Siglos XVIII y en parte del XIX de Freud y Charcot era la histeria, en este mundo contemporáneo es la psicopatía. Como un flash en medio de la clase llegaron a mi mente decenas de personas con unos comportamientos que, intuitivamente para mí, eran extraños, esas conductas tenían nombre: manipulación, cinismo, astucia, egoísmo, ideas de grandeza, desprecio por los demás y, sobre todo, crueldad. Desde entonces le he seguido la pista a ese trastorno de personalidad.

Pero, la literatura sobre la psicopatía no era fácil de encontrar ni tampoco había tanta porque aún permanecía en el anonimato; se restringía a los reducidos círculos de salud mental interesados en un trastorno complejo, difícil por su capacidad de camuflaje con la vida diaria de los seres humanos y, es ahí donde radica su peligro: la psicopatía cotidiana no tiene las manos sucias de sangre a la vista de todos como el psicópata asesino en serie de las películas de terror, no, ella, esconde sus manos, se mimetiza dentro de los comportamientos habituales de las familias, del trabajo, de la vecindad por eso, pasa casi inadvertida. Es el amigo ladrón al que se le disculpa, el banquero embaucador, el esposo que le inocula pequeñas dosis de crueldad a la mujer o la mujer a él, porque, cada vez más la cifra de psicopatía crece entre ellas y, siguen integrados en la sociedad. A medida que el egoísmo se fue extendiendo en la sociedad, que el individualismo sobrepasó al comunitarismo, que el hábito del consumo se endiosó el respeto y consideración por los demás se fueron diluyendo hasta llegar a lo que hoy en día vivimos: una sociedad con saturación de humanos codiciosos, crueles y des-almados que están haciendo de la psicopatía, como dijo mi profesor, la enfermedad mental de esta época.

Hasta que la psicopatía llegó a la política, el mayor centro de poder y, por eso mismo, lo más apetecido por los psicópatas porque, los atrae tener el control de las circunstancias de la gente para dominarla a su antojo. Desde la política pueden acaparar tierras, obtener todo tipo de proyectos de infraestructura con las que se harán multimillonarios, hacer y deshacer con todo un país.

En Colombia el problema se agrava porque el narcotráfico llenó a las personas de grandes cantidades de dinero en poco tiempo despertando en ellas una sensación de omnipotencia, de desenfreno emocional consumidor, de soberbia al comprobar que por plata se corrompía hasta el presidente de la república. Como suele suceder en la sociedad la conducta de los grupos dominantes es tomada como modelo por los demás; así, que los pequeños traficantes empezaron a despojarse también de los comportamientos éticos olvidados de sus cabecillas, hasta que han quedado como conductas dignas de imitar la altanería, el cinismo, la manipulación, el atropello con tal de conseguir lo deseado.

El cinismo se ha adueñado de las relaciones sociales. La real incapacidad del psicópata esencial de no sentir culpa, lo que lo vuelve un desvergonzado ante la sociedad, la está imitando el psicópata adquirido presumiendo sus abusos con descaro. Ponen en práctica de manera contraria aquello que dice ¨entre más misterio más interés¨, por eso han decidido actuar de frente como el sicario que no corre, que no se muestra culpable después de asesinar y, al no mostrarse mínimamente inculpado hace dudar a quienes lo rodean porque, éstos si conservan los sentimientos de culpabilidad naturales de los seres humanos lo que erróneamente los llevará a deducir que la persona que no da muestras mínimas de culpabilidad ¨que nada esconde¨, es porque no es responsable o culpable de los hechos que se le atribuyen. Confundidos los otros, prefieren excusar a quienes deberían censurar.

Al crecimiento y difusión del cinismo están contribuyendo de manera aterradora los asesores de los políticos quienes se han convertido en los teóricos del desparpajo, en diluidores de la culpabilidad, en impulsores de los discursos vacíos, de la forma por encima del contenido que pervierte aún más el ejercicio de la política. Se han dedicado a teorizar y sistematizar sobre la manipulación al pueblo con base en teorías psicológicas que explican el comportamiento humano. Es así como la psicopatía no es un individuo contra el mundo, no, es que la sociedad entera está implicada en este tipo de conductas cuando no son de origen cerebral sino aprendidas. Así, como somos responsables de los suicidios, también lo somos de la psicopatía aprendida.

Es muy probable que quien hace daño de manera patológica en algún momento piense que todo el perjuicio ocasionado se le puede volver en contra; generadas las ideas paranoides empezará a proyectar en los demás lo que él ha sido, se imaginará cómo las personas podrían vengarse, se verá objeto de persecución tal y como él lo ha hecho. Para defenderse de los ataques imaginados –y no tan imaginados porque los humanos siempre buscarán la libertad- empezará a controlar a la persona objeto de su trastorno, a los grupos o a la sociedad entera tal y como van haciendo los terroríficos dictadores con sus amigos, colaboradores, funcionarios, etc., hasta extender las restricciones a toda la población a través de la policía y demás fuerzas armadas o haciendo uso de las leyes que le entregan el manejo del Estado hasta destruir la Constitución y gobernar según sus ímpetus. Tal y como se lee en la declaración de un candidato a la presidencia de Colombia acusado de presunta participación en la adjudicación ilegal de un contrato cuando era alcalde: ¨De derecho no sé nada, el único derecho que sé es el de mi lógica¨.

Esto es lo que nos espera con este candidato que se muestra abiertamente cínico, desvergonzado, charlatán y orgulloso de sus atropellos hacia los demás y sin temor a la ley. Que anuncia el Estado de Conmoción Interior con la consecuente limitación de las libertades; el cierre de embajadas; la restricción del presupuesto para educación; la política de la no inversión. Este candidato es un totalitario como lo dijera Herbert Marcuse en su libro El hombre unidimensional, todo según una sola medida, la de él. Emocionalmente es irascible, impulsivo, descontrolado, expansivo, con signos visibles de megalomanía; no resistiría un examen psiquiátrico/psicológico. Personalidades como esa a medida que van haciendo daño tienden a ser proclives a desarrollar una paranoia que se alimentará de más crueldad. La locura en la presidencia.

Como si lo anterior no fuera catastrófico este candidato tiene por esposa una mujer también cuestionada por su ambición, quien lleva las riendas de los negocios y es gerente de la campaña de su marido, un poder detrás del trono. No hay sociedad más férrea que la de una pareja unida por la crueldad como lo mostró tan descarnadamente Arturo Ripstein, el gran director de cine mexicano en su película Profundo carmesí, la historia real de una pareja de asesinos seriales que produce escalofrío ver cómo los une la perversidad.

Si la psicología la están usando los asesores políticos para confundir y manipular a los votantes, la psicología también es fuente para despejar las dudas frente a un líder: crea en aquél que soporte con su experiencia de vida su discurso, sino es así, es charlatanería. La historia dirá que la lucha que hoy libra Colombia en estas elecciones presidenciales fue entre quien corría con un mechero en la mano para prenderle fuego y, otro, que arriesgó su vida recorriéndola para decirle al pueblo que había esperanza.

luceromartinezkasab@hotmail.com

3 pensamientos sobre “LA LOCURA EN LA PRESIDENCIA DE COLOMBIA

  1. Excelente reflexión. Soy Psicólogo y también estoy haciendo pedagogía para que este Hitler no siga ilusionando más a gente inocente.

    1. ¡Grandes profesionales de la sicología!

      Y, como profesionales que son, seguramente no hacen sus análisis por activismo o fanatismo político, sino por hacer aportes científicos a la humanidad.

      ¿Podríamos ver sus diagnósticos sicológicos del rival de Rodolfo Hernández, o este no tiene ninguna patología?

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